Crónica de Goodison
Adrenalina, frenesí. gente de Tailandia, de China, dinamarca, Italia, Estados Unidos. Padres con sus hijos. Camisetas azules por doquier. Los Beatles sonando de fondo. La maldición de no llegar a tiempo, una vez más, sí. Decide interponerse. ¿Podrá ser posible? Más camisetas azules; la actual, la del año pasado, la del ochent. Camperas, gorros, bufandas en cuerpos taiwaneses. Pero siempre azules. El viento no para de soplar; y los taxis no dejan de pasar. Tampoco para el reloj, no. Tic toc tic toc tic toc. ¿De vuelta voy a llegar tarde? Me pregunto. No hay suficientes taxis como quisiera. No hay los que debieran haber. No hay semáforos que los frenen, por eso debieran haber más. pero despertaste, esto no es un sueño más. La mujer del gran hotel no logra conseguir el auto. Wynne te espera en su casa con tu entrada. Empezás a correr, desesperado, y ver los autos irse hacia el norte, tu destino. Tan cerca y tan lejos. ¿Qué te falta? ¿Osadía para sumarte a uno de ellos? No, porque vos tenés que pasar por lo de Wynne. Sin eso todo es nada. ¿Y si corro? No puedo ir corriendo, no es una opción, no puedo mentirme así. Entro a la estación. Los pintorescos taxis van saliendo de a uno, todos llenos. Con niños sonrientes y expectantes dentro. Wynne llama, preocupado por la inesperada tardanza. Aparece un taxi. Me prometo la próxima filmar todo. Porque las vueltas, tanto frenesí, fueron de película. Son dos menos diez. Calma Wyne, ahí llegamos, texteo. El taxista, extranjero también, habla de futbol, de Zito, Pele y Maradona. De la mano de Dios. estamos a cuadras Wynne, texteo de nuevo.
Y el hombre espera afuera, con un sobre. Es todo increíblemente serio acá, ¿será real?
Ahora sí, las inmediaciones. El partido empezó ya. Profesionalismo de primer mundo, bienvenido pibe. Así y todo, hasta nuestra puerta va el taxi. Pero así es todo acá, pareciera. Ya no corremos más, ahora miramos correr. El Everton gana 2-1. Partido a cara de perro, claro. Eso tiene la Premier, tres goles en 15 minutos. Espectáculo. El final del partido promete. Porque el 2-2 del Wolverhampton obliga a ir por más. Esto es Goodison. Segundo partido de local de la temporada. Tibiezas no permitidas. Por eso, el 3-2 es obra maestra de un brasileño. Tenía que ser. Golazo de fútbol playa de Richarlison, sí sí sí. A cinco del final, salto ornamental de atleta olímpico con anticipo feroz al defensor de turno incluido y cuellazo letal con la testa para cambiar el destino de una tarde que de 2-2 en lapiz ahora sella un 3-2 final en tinta. Un Goodison Park repleto estalla. La ilusión, la llama del fuego, continúa más viva que nunca.
FIN.
Y el hombre espera afuera, con un sobre. Es todo increíblemente serio acá, ¿será real?
Ahora sí, las inmediaciones. El partido empezó ya. Profesionalismo de primer mundo, bienvenido pibe. Así y todo, hasta nuestra puerta va el taxi. Pero así es todo acá, pareciera. Ya no corremos más, ahora miramos correr. El Everton gana 2-1. Partido a cara de perro, claro. Eso tiene la Premier, tres goles en 15 minutos. Espectáculo. El final del partido promete. Porque el 2-2 del Wolverhampton obliga a ir por más. Esto es Goodison. Segundo partido de local de la temporada. Tibiezas no permitidas. Por eso, el 3-2 es obra maestra de un brasileño. Tenía que ser. Golazo de fútbol playa de Richarlison, sí sí sí. A cinco del final, salto ornamental de atleta olímpico con anticipo feroz al defensor de turno incluido y cuellazo letal con la testa para cambiar el destino de una tarde que de 2-2 en lapiz ahora sella un 3-2 final en tinta. Un Goodison Park repleto estalla. La ilusión, la llama del fuego, continúa más viva que nunca.
FIN.
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