El huracán del 73

El clima era cálido, la cancha estaba húmeda por la lluvia de la madrugada y el reloj indicaba que faltaba poco para el despegue de la pelota. No había habido tiempo para entrar en calor, sólo para protegerse del sol, los moscardones y confiar en que con lo que tenía alcanzaría para un papel, al menos, presentable. Y así, con un clima cálido y distendido llegó al tee del 18 en par de cancha, una marca que pensó que sólo algún día soñado y lejano, quizás alcanzaría (optimismo puro yo?). Por eso la euforia que tenía era tal, como si el demonio de Tazmania estuviera revoloteando dentro suyo. Sentía el murmullo cada vez más desaforado que iba generando en el grupo con el que compartió esas más de cuatro horas doradas a medida que se acercaba la hora de la verdad. Escuchaba (y anotaba en su memoria) descripciones de todo tipo en torno a su proeza, a su actuación. Y notaba una creciente ansiedad parado al tee del 18 a medida que la línea de adelante demoraba en pegar el segundo tiro para él poder salir. Percibía que ya estaba realizado, que no podía pedirle más al golf, pero a la vez que el tiempo se hacía de goma, y quería sacarse ese tiro de encima de cualquier manera. La idea de entrar al selecto grupo integrado por la cúspide del golf no era algo de todos los días. Ninguno de los que estaban jugando a su lado alguna vez había llegado tan lejos. Por eso estaban anonadados, como si llovieran milagros. El hombre, la estrella del fin de semana, con la confianza por las nubes, no pudo recordar que en esos casos lo mejor era no perder de vista su rutina. “Ahora te despedís con un birdie”, “hacés 72 y cerramos el club entero hoy”, “las viejas glorias deben estar buscando el nombre en el salón de la fama a ver quién es esta nueva joya”. Una exhaltación que le hacía inflar el pecho y a su vez lo aceleraba más, por encontrarse en esa circunstancia de tener el poder para colmar las expectativas del resto y que la fiesta fuera absoluta. Porque su nivel de precisión del día condujo a que el momento de lograr el par de cancha estuviera ahí, a la vuelta de la esquina. Bajar la vuelta récord ya era un hecho (salvo una catástrofe) y entonces había que ir a por todo, qué tanto. Cuatro horas y más con precisión de cirujano que se tradujeron en: doce greens en regulación, diez fairways, cuatro putts de más de 4 metros,ni un doble bogey, y la suerte, siempre de su lado. Por eso tenía el corazón en la boca. Horas antes, recién bajado del auto y llegado a la cancha, el primer drive y putt del día fueron información reveladora, suprema, una suerte de premonición. Llegando sobre la hora, sin practicar, y haciendo cinco en un par 5 con una papa incluida y un putt de cuatro metros eran música para sus oídos. Y el resto fue un continuo de ese estado de extasis, donde el golfista superó su récord personal de pares (11), los birdies acomodaron las patas de la mesa y la expectativa creció como su confianza, sientiendo que tenía todo entre sus manos. Así fue que llegó a los últimos dos hoyos de la cancha en par. Teniendo por delante dos pares 4 de 420 y 400 yardas. Al primero, el más difícil de la cancha por la dificultad de su green en subida bien defendido, pudo hacerle un sólido par, sin titubeos y arañando el birdie. Juan, Arturo y Justo eran espectadores impactados, poco acostumbrados a demostraciones de habilidad tan prolongadas como impropias de un novato del golf. Con el cerebro a punto de colapsar por tanta euforia , la hazaña terminó con un bogey final, con la pelota a 30 centimetros del hoyo para erigirse como el jugador del fin de semana. Con una pelotita nueva en el bolsillo por aniquilar a sus rivales en el fourball, se retiró mientras de la tribuna bajaban furiosas loas para el huracán del 73.

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